EL GOBIERNO DE LA AMBICIÓN COMO UNA DE LAS BELLAS ARTES
ICARO
Palacio de Viana
18-3 al 15-4-1994
Ángel Luis Pérez Villen
El
juego no era mero ejercicio ni
mera
diversión, era concentrado
autosentido de una disciplina del
espíritu.
Herman
Hesse. Juego de Abalorios
Aunque quienes
hemos seguido la trayectoria de Jacinto Lara sabíamos de la profunda transformación
que su obra venía experimentando desde finales de los años ochenta, Córdoba
no manejaba dicha información, pues su última aparición pública -junto a Juan
Vicente Zafra- se produjo hace un lustro con la exposición Figura y Entorno.
No es que su proceso de trabajo sea especialmente lento -su currículo demuestra
todo lo contrario- sino que por diversas circunstancias no ha sido posible
mostrar en la ciudad las fases de esa evolución a la que nos referimos. Una
oportunidad dolorosamente desaprovechada, por cuanto nos priva no sólo del
seguimiento del paulatino recomponerse de su obra, como de la contemplación
y el disfrute de una serie, Depredadores, que sin duda alguna se encuentra
entre lo mas granado de su producción.
No se puede decir
que Icaro, la serie que ahora presenta, le vaya a la zaga, pues se trata de
un trabajo que camina sobre la experiencia plástica del anterior, además se
dan cita dos colaboraciones de sendos artistas cordobeses, Juan de Dios García
Aguilera y Tete Alvarez, que presentan desde su personal circunscripción musical
y videográfica, respectivamente, el complemento ideal a una obra que se fragua
voluntariamente abierta y por lo tanto suceptible de compartir espacio e interferencias
con otras disciplinas. De hecho la colaboración con García Aguilera se viene
produciendo de forma ininterrumpida desde 1987, lo que demuestra el talante
conciliatorio de Lara, así como la vocación multidisciplinar de su compromiso
artístico.
Como pudiera pensarse,
no se trata del acompañamiento musical y del documento videográfico que testimonia
la existencia de una obra, sino de creaciones paralelas que en un determinado
momento convergen en la figura mitológica de Icaro. La primera componiendo
una obra musical que interpreta los anhelos de superación -los deseos de grandeza
y la incontestable finitud y limitaciones de nuestra existencia- que nos caracterizan.
La segunda haciéndose eco de la versatilidad y el desdoblamiento -figuras
metafóricas que aluden al espacio cotidiano y laberíntico en que se movía
el protagonista de la serie antes de decidir su liberación- y propiciando
las múltiples lecturas que la serie pictórica posee.
Icaro se desarrolla
en once obras de las que diez son dípticos, mas una pieza de gran formato.
Aquéllos tienen la particularidad de poder combinarse entre sí adoptando diferentes
posiciones y alternarse con el resto de las piezas que componen la serie.
De esta forma se logra cerrar la figura cíclica que toda creación en serie
comporta -de la que Depredadores constituye un modelo que incluso representa
el movimiento circular inherente al concepto de serie- posibilitando físicamente
el dialogo y el contraste de las partes, como si de un juego de abalorios
se tratase. Con todo y para su presentación al público se ha apostado por
definir una de sus múltiples representaciones, quedando al amparo de éste
y de su creatividad el resto de las configuraciones posibles.
Resulta atractiva
la cita a la novela de Hesse porque en ella se describe el habito del juego
de abalorios como una disciplina practicada por quienes desean proyectar su
vida como una entrega espiritual y desinteresada al conocimiento del universo,
pero esta dedicación requiere una férrea disciplina que no todos están dispuestos
a observar. Si repasamos las diversas lecturas que del mito de Icaro se han
realizado, encontraremos entre las interpretaciones realizadas en la Grecia
clásica e incluso en el Renacimiento la filiación con el concepto de temeridad,
asociado éste a la excesiva autoconfianza del individuo que le conduce indefectiblemente
al fracaso. Sin embargo esta llamada al orden y a la moderación de los impulsos
no frena la aspiración del protagonista a conseguir el conocimiento el -poder-
que aún no posee.
Icaro, hijo de
Dédalo -arquitecto del laberinto minoico- escapa de la privación de libertad
impuesta por el Minotauro mediante unas alas de cera construidas por su padre,
pero desoye los ruegos de éste y se eleva hasta la morada de los dioses con
la consiguiente pérdida de las alas, que se funden por la cercanía del sol.
Como consecuencia cae y perece. En su intento queda simbolizada la eterna
aspiración de la humanidad a conseguir el conocimiento o el poder del que
carece, aún a costa de su propia vida. Icaro nos insufla la motivación para
trascender los obstáculos, pero también nos advierte de los peligros de la
hazaña cuando el ímpetu ciega la necesaria disciplina que la empresa requiere.
De esta forma coinciden
en Icaro las diferentes visiones del mito, perpetradas a la luz de la modulación
que el espectador sea capaz de articular con las piezas que componen la serie;
una semblanza plástica que nos remite al comentado juego de abalorios de Hesse,
símbolo a su vez de toda adquisición del conocimiento que lleve emparejada
una disciplina dedicación espiritual, precisamente de la que careció el protagonista
mitológico. De nuevo se prefigura ante nosotros la imagen del círculo, el
principio y el final, la tesis y la antítesis, el deseo y la realidad, la
cautela y la temeridad; posiciones encontradas que se suceden cíclicamente
en una serie pictórica que aún nos reserva otras confrontaciones significativas.
Pero no desvelemos
la intimidad de este contrapunto sin antes referirnos a la disposición que
ha mantenido su autor por construir una obra mediante el concurso de la réplica
sistemática. A Jacinto Lara siempre le ha atraído el juego dialéctico, la
dualidad de un planteamiento en apariencia irresoluble, la búsqueda de la
síntesis desesperada, y su obra es testimonio inconfundible de esta inclinación
natural. Cuando a comienzos de los años ochenta aún practicaba aquella suerte
de surrealismo no se detenía en la recreación de escenas oníricas, ambientes
disparatados o representaciones descontextualizadas, y en el caso de que éstas
se dieran cita en su obra no entorpecían el liderazgo de la secuencia narrativa,
que se decantaba por la muerte, el sexo, la agresividad y la violencia contenidas
por los roles sociales, etc.
Todo un repertorio
de truculencias tratado con la distancia reflexiva y la asepsia formal de
un seguidor incondicional de Magritte.
Años mas tarde
al presentar su incomunirealismo vuelve a prefigurar otra dualidad, en este
caso sin enfrentar el desmedido contenido a la parca y contenida intervención
plástica, sino reservándose a cuestiones lingüísticas. Desarrolla un modo
de expresión mas libre, menos amarrado formalmente e incorpora elementos extraños
a la pintura, objetos desfuncionalizados y algunas referencias al universo
surrealista. El resultado sigue siendo el de una pintura con un soporte figurativo
evidente, pero cuya lectura no se produce desde la convención usual, sino
atendiendo al mestizaje de planteamientos sintácticos en cuyo rescoldo se
reflejan los matices de la nueva figuración, pero también del surrealismo,
del nuevo realismo, del neodadaismo, del pop-art.
También se produce
por estos años el contacto con la mitología como fuente de inspiración de
su obra. Es la obra gráfica -en la que Lara ha demostrado su pertinaz capacidad
de experimentación y buen hacer- la que le permite acceder al tratamiento
plástico de la literatura mitológica dando a conocer a algunos de sus protagonistas:
Leda y el Cisne, Prometeo, Narciso, Europa y Pandora, Perseo y la Medusa e
incluso Icaro. y es el grabado el escenario que acoge los primeros ensayos
de lo que será su obra más reciente, dando cabida al trazo expresivo y la
mancha informalista en un espacio hasta el momento reservado a la configuración
geometrizante de sus personajes. Esta dicotomía entre obra gráfica y pintura
desaparece más adelante cuando el autor incorpora a esta última los hallazgos
más felices de su anterior incursión en el arte de la estampación.
A finales de la
década pasada Lara se desentiende de la servidumbre figurativa que atenazaba
su pintura anterior. La figura, que ya había sufrido diversas experiencias
entre las que cabría destacar el tratamiento postimpresionista de una serie
de desnudos femeninos que nos evocan al último Monet, pasa a ser abstraída
e inicia un proceso de depuración formal que le conduce a integrarse como
signo plástico en una pintura que se libera de accesorios. Los Saltos suponen
en su trayectoria la inflexión cardinal que conduce a su trabajo reciente,
a su vez cierran un proceso crítico y se abren -con todo el riesgo que ello
implica- a una concepción de la actividad artística que hace caso omiso a
los cantos de sirena de la autocomplacencia y se lanza al vacío de la creación
con la única certidumbre que le brindan sus nuevos amores confesados: la obra
potentísima de Rothko y el matrimonio de figura y geometría.
La temática continúa
en la línea dramática de trabajos anteriores -la serie se inicia a consecuencia
de presenciar el impresionante accidente de un saltador de trampolín pero
en este caso la figura se pliega a los intereses plásticos que, por la presencia
de la geometría, se prestan a enfriar la pasión significativa de la obra.
Sin embargo Los Saltos parecen aunar esa dualidad que en el primer tercio
de siglo se nos presentaba como irreconciliable, a saber: la renuncia a construir
un orden nuevo desde las cenizas de la primera postguerra mundial y por lo
tanto caer y sucumbir en el caos de lo pasional, lo expresivo y lo temperamental
como refugio desde el que renacer; o por el contrario asumir las contradicciones
como obstáculos irresolubles y plantear un ideal cristalino que se estructura
objetivamente, borrón y cuenta nueva a partir del lenguaje emancipado de
la abstracción, y a ser posible geométrica.
Si en Los Saltos
se diluye la trama argumental hasta quedar solapada por el protagonismo de
la pintura y el impulso dramático se desvanece por completo, en Icaro, dado
su origen semántico mitológico, el espectador puede urdir de forma más convincente
esa disipación del sentido primordial de la serie. Se trata de otra caída
al vacío precedida de una arriesgada ascensión, pero en esta última puede
leerse su filiación, se puede rastrear la reconversión del sentido dramático
en metáfora autobiográfica. El autor ya no salta con excesiva temeridad, ha
adquirido cierta experiencia con las series anteriores como para sentirse
seguro y todo ello se traduce en una pintura que rezuma equilibrio y una gozosa
sensación de indulgencia hacia los excesos, a sabiendas de que éstos terminan
por aportar registros que quedaron matizados en la escena de la representación.
Sin embargo. estas
disgresiones constituyen uno de los atractivos de la serie. Hemos mencionado
la connivencia de la figura en algunos casos mimetizada, en otros bien patente
-en cualquier caso siempre esbozada- con la geometría de los planos de color
adyacentes, también la duplicidad de una escenificación que ralentiza la caída
de Icaro sin muestras expresivas evidentes del sufrimiento que ello comporta
para el protagonista, pero además están otros recursos que enriquecen la
composición y dilatan la percepción de la obra, apartándose por ello de una
lectura fácil efectuada en primera instancia. En primer lugar está la presencia
del texto que da nombre a la serie y nos introduce en la secuencia argumental;
en este sentido la pieza de gran formato que preside la serie actúa como introducción
a la misma no sólo por exhibir los símbolos parlantes que la definen (Icaro,
el laberinto minoico y la radiación solar), sino por inscribir textualmente
su credencial.
Pero en los dípticos
la grafía no se presta a su lectura convencional, bien por su disposición
aleatoria en el espacio de la representación, bien por quedar solapada parcialmente
por otros elementos, lo que induce al espectador a rastrear su huella, sin
llegar a hacerse con ella en algunas ocasiones, y determinando su condición
-cuando está presente en el lienzo- en exclusivamente plástica. Por otra parte
el tratamiento cromático es deudor de series anteriores -Los Saltos y Depredadores-
en las que las sucesivas capas de pigmentos logran conciliar la apreciación
de texturas aterciopeladas con la vibración de la pincelada que emerge desde
el fondo, además los planos de color suelen albergar gradaciones casi imperceptibles
que descomponen la primera aprehensión del espacio en fragmentos cuadrangulares
mús pequeños.
Por último, otra
peculiaridad de Icaro se refiere al carácter indiscriminado que posee el dibujo
de los personajes en relación a la pintura que los envuelve. Dicho de otra
forma, lo que nos suministra información figurativa en esta serie no es producto
de la pintura, como de la ausencia de ésta. Icaro se construye mediante su
contorno lineal, que no es otro que el que emerge desde el fondo y sobre el
que no se ha intervenido pictóricamente; sin embargo esta apreciación surge
después de comprobar cómo dicha línea pasa a primer plano por efecto de la
vibración cromática con los espacios adyacentes, lo que testimonia la pasión
de su autor por redefinir espacialmente el escenario de la representación
pictórica,‘ no sólo haciéndonos dudar entre fondo y forma, como sucede en
este caso, sino incluso admitiendo elementos extraños a la pintura y experimentando
con diferentes formatos, como queda patente en su anterior producción.
!Cuéntame un cuento!
Juan
Zafra.
La radio sonaba,
en voz de Los Celtas, transportándome a la época de fumador prematuro de selectos
sin emboquillar.
Ocupo el sillón
y a poco comienzo.
Con la seguridad
del equilibrio el asiento me arropa y me protege, negro y mullido continúa
por mi espalda. Siete patas me sujetan al suelo, un eje giratorio me permite
al menos una vuelta, y por un instante, en el giro, se unen los objetos a
mi vista en una estela de continuidad indefinida.
Un cigarrillo se
desliza hasta mis dedos y el mechero, un poco más lejano, acude rápido al
encuentro. El fuego prende la hoja. Un hilo, de evadido humo, asciende hasta
el arco de mi ceja haciéndose presente a mi pupila; el resto, se mezcla en
la humedad y en el exterior se convierte en mancha móvil que la lengua difumina.
Comienzo el vuelo.
-Hilarío: Volar
no es para pájaros!
¿Qué sería de mí
sin alas?
Los Celtas Cortos
aún no han terminado su canción:
Cuéntame un cuento!
EL VUELO
Allá, a lo lejos
en el tiempo, en la época en que descendieron los Dioses, en los tiempos en
que se mezclaban, en el periodo de la Mostración. En una isla, Creta...
Vivió Icaro, el
que EMANCIPA.
«Dédalo, el padre,
el ateniense, un herrero de extraordinario talento que había sido instruido
por Atenea y por Hefesto, tuvo envidia de su sobrino Talo y lo mató. Talo
sólo tenía doce años, pero había inventado la sierra. Dédalo, para evitar
que le colgasen, huyó a Creta, donde fue acogido por el rey Minos, hijo de
Europa. y se casó con una muchacha cretense con quien tuvo a Icaro.
Fabricó todo tipo
de estatuas, muebles, maquinas, armas y juguetes para los niños de palacio.
Pasados unos años, después de construir el laberinto, pidió un mes de vacaciones,
y cuando Minos le dijo: Claro que no!, decidió escapar.
Sabía que seria
inútil robar un barco y hacerse a la mar, porque las naves rápidas del rey
le alcanzarían. Por lo tanto, fabricó dos pares de alas, uno para él y el
otro para Icaro, que se ataban a los brazos. Las plumas grandes las cosió
a un armazón, pero las más pequeñas iban sujetas con cera de abejas. Después
de ayudar a Icaro a colocarse su par de alas, Dédalo le advirtió: -Ten cuidado:
no vueles demasiado bajo, hijo mío, por temor a las salpicaduras de las olas
del mar, ni demasiado alto, por temor al Sol.
Dédalo se echó
a volar, e Icaro le siguió, pero al poco rato se remontó tan cerca del Sol
que la cera se derritió y las plumas se despegaron. Icaro perdió altura, cayó
al mar y se ahogó. El padre enterró el cuerpo de su hijo en una pequeña isla,
más tarde llamada Icaria, hasta donde lo había arrastrado el mar y continuó.
Pero Dédalo, en
su vuelo, no hacia más que recordar el accidente que le privó de compañero.
-¿Quizá la inexperiencia
juvenil? ¿La intrepidez?
-¿Quizá su visión
en el ascenso?
-¿Tal vez el ansia
de saber?
Icaro, formado
por la mano de su padre, había volado hasta el confín de lo tangible. Su vida
fue corta pero intensa. -Tal vez descubrió algo en las alturas que yo sólo
había rozado con mi mente-.
-¿Qué profanó,
que en un incendio fulminante lo
devolvió hasta
su elemento?
-¿Quizá el atractivo
de la luz?
-¿Quizá el vértigo
de lo ignorado?
Jugó con elementos
en su contra. No supo adaptarse al Agua, al Fuego. Utilizó Aire como transporte
sin pedir permiso al cancerbero.
-¿Atravesó los
límites prohibidos de una creta divina y descuidada?
La realidad se
impuso realista y en su mente se volvió
a fijar la Tierra.
«Dédalo siguió
volando tristemente hasta la corte del rey Cócalo en Sicilia». Icaro, quedó
atrás con su secreto.
¡Gracias R. Graves!